Me incitan al delito
29 diciembre 2009 - Author: Lorena Gil
Debido a las compras navideñas, las personas se lanzan a las calles y, principalmente a los centros comerciales, en busca del regalo perfecto para familiares y amigos. El tiempo que empleamos en estas compras oscila entre veinte minutos, cuando lo tienes previamente visto o las ideas muy claras, a 6 horas incluyendo parada para comer, cuando vas a recrearte en ellas.
La compañía para hacer las mencionadas compras navideñas también varía. Puedes ir acompañado de amigos o familiares o ir tú solo, lo que no puedo entender y de ahí radica este artículo y mi indignación, es que te lleves a tu perro cuando sabes que no están permitidos en centros comerciales. Algo diferente es si compras en el pequeño comercio y, en algunos de ellos, tampoco te dejan entrar con un animal de compañía.
Como todos sabemos cuando llega la época vacacional, en cualquier temporada del año, son muchos los que deciden abandonar a sus animales. No quiero escribir acerca de lo aberrantes, desalmados y sinvergüenzas que me resultan este tipo de personas si no también de aquellos que deciden dejarlos atados a un árbol durante horas frente al lugar donde hacen las compras, en el bar donde pasan toda la mañana charlando con los amigos o desayunando tranquilamente.
Una cosa es entrar a la farmacia a por un medicamento y seguir paseando a tu perro y otra muy distinta es dejarlo horas amargado, con la correa, atado, esperando a la intemperie cuando cualquiera se lo puede llevar.
Y esto que os cuento es exactamente lo que se me pasó ayer por la cabeza cuando un precioso beagle de ojos tristes me miraba y movía la cola cuando hablaba con él y le acariciaba la cabeza, mientras levantaba las manos al aire y blasfemaba contra su dueño. ¿Podría habérmelo llevado? Sin duda. ¿Me habría arrepentido? No, nunca. ¿Por qué? Porque si no lo cuidan ¿por qué no lo llevo a un hogar mejor?
El único motivo por el que ese precioso perro no está en mi casa es por la presencia celosa, asalvajada e incontrolable de mi gato Benito al cual adoro y al que soy incapaz de hacerle daño ni físico ni emocional, (porque ellos sienten y padecen) y si fuera capaz no tendría mascota. El slogan que nos viene a la memoria es: él no lo haría. Yo lo que creo es que ni se le pasaría por la cabeza, ni por un instante, ni por un segundo abandonar a su amo porque quiero recalcar que esa correa sólo tenía un nudo flojo del cual podría haberse desecho probablemente, pero ni siquiera lo intentó, seguía sentado, esperando.
Quizás no sea el artículo más ortodoxo pero me queman los que no se preocupan por sus mascotas, máxime cuando además me incitan a cometer un delito: el querer ser ladrona.
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