Nunca seré Bree Van de Kamp
11 junio 2009 - Author: Lorena Gil
Ahora que tengo jardín, veáse menos de 20 metro cuadrados, me he dado cuenta de que hay gente que no hemos nacido con el don de la jardinería o del mínimo cuidado de las plantas.
Yo veo a mi madre que coge un matojo y lo convierte en Versalles en menos de dos días y es cuando me afianzo y me afirmo en mis convicciones con la frases: “mejor deja las tijeras de podar que tú no sirves para esto Lorena” o “bonita, ¿dónde te crees que vas con esas tijeras?”. A mí me apetecería que mi madre estuviera a mi lado y yo poder decirle a ella como ella me decía mí cuando me iba a preparar el bocadillo señalando con el cuchillo y la barra de pan en la mano: “¿por donde corto? ¿por aquí (primera señal), por aquí(segunda señal) o por aquí (señal del bocata que almuerza el obrero de la esquina en un día con hambre)? ¿le corto el pico, no?”. Porque las plantas carecen de pico que yo sepa, que sino ya se lo habría dicho, porque reconozco que la traigo frita a preguntas.
Y es que lo de las plantas ya he decidido que es un arte. Te voy a confiar, cómo fue mi primer día ante la decisión de arreglar el conocido jardincillo que poseo, porque no quiero que creas que ha sido por falta de tenacidad.
Presta y dispuesta, me dirigí a un conocido centro de jardinería para hacerme con los últimos avances en abono, tierra, guantes, regadera, y demás enseres. Lo primero: los guantes, bonitos, bonitos porque no hay que perder el glam en los momentos de tu vida aunque sea sudando y quitando caracolas de tierra que son mi plaga personal, de la cual luego te contaré la odisea.
Hablando con un experto de la tienda me di cuenta de que no tenía ni idea de nada. Me dijo que le llevara una hoja para ver que bichos podía haber, pese a que yo la caracola se la expliqué de una manera perfecta. No sabré de moscas, mosquitos y demás insectos del demonio que se comen mis plantas, pero caracolas de tierra no creo que sea difícil de vislumbrar. Tras explicarle que mi gato Benito se come todos los matojos y que no tenia intención de matarle, no me dio la mejor de las soluciones, así que frustrada por mi ignorancia y con mi regadera de moda en el carro, guantes y demás, fue tal la impotencia de que no entendieran que no sé de jardinería, que sigo sin entender que abono tengo que echarle y que lo único que me queda es la sabiduría de mi madre - échales agua y háblales – que me largue dejando el carro con todo dentro y me fui a casa.
Al día siguiente decidí limpiar el jardín de las mencionadas caracolas y rastrojos. Leí en internet remedios naturales que no matan a los animales domésticos a los que queremos y apreciamos y que con cerveza, cebolla o naranja, mueren las caracolas. Pues bien, osada donde las haya y con la lógica de que la cebolla huele fuerte y las aniquilará como chinches, repartí cebolla por doquier por todas las plantas. Esa misma noche el olor era tan penetrante que las retiré una a una, trocito a trocito hasta llorar bien por la cebolla o de frustración. Tras ella llegó la naranja y ahora he descubierto que el limón también sirve. Lo que por fin he decidido hoy tras ver larvas, caracolas, mosquitas y demás es que me pica el cuerpo y no soporto la idea de hacerlo y que aunque la fe se la echo no es bastante, así pues, he decidido recurrir a un ser superior, mi pareja que para estas cosas el tiene más maña y paciencia y por ello le quiero dar las gracias.
Sin lugar a dudas, hay personas que de un cardo te crean la más bella orquídea, con aspecto impecable y sin sudar ni una sola gota pero yo quiero que pongas esta imagen en tu mente: de rodillas en mi jardín con un rastrillo de playa, con guantes de goma amarillos de fregar los platos, con una coleta, sudando, en pantalón corto, sin maquillar y blasfemando al jardinero de Bricomanía por su frase: “esto es muy fácil, sólo lleva cinco minutos y listo”, yo estuve horas, dejando el glamour a la altura del betún y recordando amargamente a la pelirroja de mujeres desesperadas podando impoluta su rosal.
Todos los días, cuando paso por delante de mi jardín como un mantra me repito: “Lorena, déjalo, no insistas”, y es que sé, que por más empeño que le ponga, nunca llegaré a ser Bree Van de Kamp.
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