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Campeona y punto

6 septiembre 2009 - Author: Lorena Gil

Como bien sabe todo el que me sigue, el deporte no es lo mío, pero desde el año pasado me aficioné a ver atletismo y estos días los mundiales he intentado seguirlos y la indignación ha hecho mella en mí.

Natalia Rodríguez llegó a la meta la primera después de lidiar con codazos de rusas, keniatas y etíopes en una de las pruebas que, como su compañera dijo, es de las más perras, sin embargo, ella el pasar al lado de Gelete que hizo el amago de cerrarla le supuso el fin de su medalla con la caída de esta atleta.

Yo no creo que a la americana, la rusa o la alemana ni siquiera a Burka le hubieran quitado la medalla como se lo han hecho a Natalia y es que ser buena persona tiene un precio.

Ella no se dio como ganadora al saber que la otra había caído, la intentó consolar, le besó la mano, algo que pocas hubieran hecho, habrían cogido la bandera y a dar la vuelta al estadio tan dulcemente con sonrisa incluida, pero ella fue la primera en dar signos de culpabilidad.

El presentador de TVE tampoco ayudó con sus comentarios de “campeona” entre comillas y la única de la que recibía apoyo frente al mundo fue de la estupenda Nuria Fernández, su compañera de batalla y carrera.

Le han arrebatado el título, sí, porque es buena persona y somos más papistas que el papa que ni en televisión defendemos a los nuestros. Pues desde aquí mi reconocimiento para Natalia que llegó sobrada hasta el final, con tropiezo incluido, y que es y seguirá siendo Campeona del Mundo y punto.

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Padezco hambre

28 julio 2009 - Author: Lorena Gil

Hace dos meses me diagnosticaron que padezco de triglicéridos altos y a día de hoy escribo este artículo sabiendo los resultados de mis análisis., sin embargo, yo quiero contarte como fue el primer mes, la intriga, cuando aún no sabía si mi esfuerzo rebajaría el nivel o si estaría igual que antes y, por lo tanto, debía seguir con más hambre que el famoso perro del afilador. Estas fueron mis disertaciones hambrientas.

El médico, un señor estupendo con el que tengo un pacto de silencio del cual te hablaré más adelante, me dijo que debía hacer una dieta y ejercicio para bajar estos niveles hasta los normales. Y yo me pregunto ¿cómo algo que tenía mi cuerpo y que me daba exactamente igual ha condicionado mi vida a barritas energéticas, pescado y ensaladas? Es comos si acerca de alguien que no conocieras te dijeran que ha estado apuñalándote por la espalda y tú feliz en tu ignorancia.

Ante todo, he de decir que como el médico me cayó bien y la salud es importante, decidí hacerle caso. Me pesó mientras yo miraba hacia otro lado con las gafas de sol puestas. Ahí comenzó nuestro pacto de silencio. Él sabe cuánto peso pero yo no me entero y no me llevo otro disgusto acerca de cosas que desconozco. Me gusta la relación de anonimato con mis kilos.  Él puede decirme cuántos he perdido pero no cuántos había previamente.

Tras salir de la consulta, esperando que no me tome por loca y con mi dieta baja en triglicéridos en la mano, me fui a casa a sabiendas que esto era mucho más que una dieta, había dicho la palabra temida: “deporte”.

Esto no es algo en lo que te puedas engañar, los análisis no mienten ni la báscula tampoco por lo que en un mes sabía que debía llevar resultados. Al día siguiente comenzaba la maratón.

El primer día decidí salir a andar, pero ya hace mucho calor y la pedanía donde vivo es muy pequeña, por lo que la gente te mira raro si pasas 4 veces por la misma calle aunque te vean sudar, y saludar tantas veces no es educación  es  ser pesada, absurda y plantéatelo ¿de cuantas formas se puede decir hola?.

Por lo tanto, al día siguiente decidí reencontrarme con los clásicos Jane Fonda y Cindy Crawford y los renovados Zumba y Batuka.

Mi pregunta es ¿cuánto se puede llegar a saltar sin que sea malsano? y ¿Jane Fonda y Cindy Crawford entrenaban a los marines? No me extraña el cuerpo que tenían sólo el cardado de la primera y los ejercicios en la azotea de un rascacielos de la segunda. Al video de Fonda hay que añadir una compañera que canta en play back igualita a Kelly de “Salvados por a Campana”.  ¡Cuánto mal hicieron los 80 a la imagen femenina!

Ya llevo un mes entre Zumba (vease Batuka doblado por Pixie y Dixie), Fonda, Cindy y he de decir que, contrariamente a lo que pensaba, no ha sido lo peor. Lo peor sin duda ha sido el hambre y la envidia ante la comida de los demás. Mi madre preparó mi tarta favorita que se comieron mi hermano y mi cuñada y yo tuve que abandonar la habitación para no verla. Hay comida que soportas ver comer y otra que cuando la ven tus ojos, sabes que te puedes convertir en un asesino en serie.

He perdido peso, sí: el vaquero no engaña. Mi vestuario se emociona al verme, sí. Pero todo esto no impide que mis ojos se abran estupefactos y empiece a segregar saliva cuando veo ante mi un monoposte con una gran M amarilla o que camine más rápido al pasar por delante de una panadería.

Yo creo que el médico se equivocó al decirme que padecía de triglicéridos altos he decidido que es una nueva patología: padezco hambre, mucha hambre. He de decirte, por quitarte la preocupación, que los triglicéridos los he rebajado a la mitad, tanto es así que me he quitado hasta el colesterol bueno, porque cuando me pongo casi siempre me paso.

Aún así he decidido seguir comiendo sano ya que es verano y el estómago se me encoge en esta época así que es mejor aprovechar antes del crudo y delicioso invierno plagado de polvorones, chocolate caliente y asados.

Durante el pasado mes y a día de hoy,  sigue siendo inevitable que a mi mente me asalten recuerdos de los diálogos de Paco León en Aída. Te sugiero que para leer el siguiente párrafo pongas voz de Luisma.

Tengo hambre. Pero no hambre de ¡ay me comería un bocadillo!, nah nah, nah. Hambre de tu brazo con nocilla me lo comía antes de que dijeras tarta de arándanos. Uy tarta que buena mama. Mama: ¿me haces una tarta? ¡¡¡Ay mama!!! ¿puede ser de chocolate? Es que padezco hambre.

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La talla cuesta

21 enero 2009 - Author: Lorena Gil

Son varias las personas que conozco que me han llamado para decirme cuánto se han reído con el artículo del número pasado de Urban Woman en el que contaba mis peripecias de mi primer día en el gimnasio. Pese a que no me parece buena idea que la gente se ría del dolor ajeno, y digo dolor porque el spinning fue creado por Belcebú, no quiero que nadie se haga una idea equivocada y piense que el deporte no es sano. Lo es, sólo que no está hecho para mí.

Una amiga me llamó y me dijo que iba a empezar el gimnasio pero que tras leer el artículo no iba a elegir la bicicleta de Satán y le comenté que era injusto que la apartara de su vida porque a lo mejor a ella le encantaba y porque no está bien que yo sufra sola.

Por este motivo, aunque para este número pensaba escribir sobre un tema totalmente diferente, he decidido que no lo voy a poner fácil. No me vale que me digan que ya no lo prueban por lo que han leído. Yo he probado todo en el gimnasio y aquí va mi experiencia descarnada. Aunque te puedas reír de mí y de mi inmenso sufrimiento al menos quiero que tengas el valor de probarlo.

Cuando llegué a mi casa tras mi experiencia con el spinning y haber hablado con mi hermano que me dijo que no iba a morir, algo mas tranquila pero ofendida a más no poder por mi propia ignorancia y por haber abandonado mi cuerpo a su suerte durante tantos años, no me moví del sofá en tres horas. Dejo a tu imaginación las agujetas que sufrí. Pese a ello y con más moral que el alcoyano retomé las clases al día siguiente. Si el spinning era divertido por las luces, el aerobic también tiene su aquel.

Presta y recta como un clavito aunque solo tenía ganas de morirme, me dirigí a mi clase de aerobic. He de admitir, pese a que Manuela Laguna la directora de esta revista me pegue un tirón de orejas, que yo el glamour lo pierdo en el gimnasio. Lo siento pero a menos que tenga el cuerpo de Angelina Jolie, yo me niego a ponerme mallas ajustadas y top “te enseño el ombligo porque tengo los abdominales de una diosa”. Pantalones anchos, camiseta por debajo de las caderas, coleta alta y zapatillas de deporte es mi atuendo habitual.

Lo que no pensaba es que la gente podía ser tan elitista. Creí que al gimnasio se iba a sudar no a pasar moda pero me di cuenta de mi error cuando entre en clase. El día anterior no lo noté porque llegué tarde y las luces apagadas más la bicicleta disimula tu ropa, pero allí a todas luces no había escapatoria. Fue la primera vez que entendí como se tenía que sentir Betty la Fea.

Con la cabeza alta y la mirada desafiante, porque ante todo dignidad, yo no podía sospechar que lo de la ropa iba a ser el menor de mis problemas.

Comencé la clase y los primeros seis pasos los seguí, a partir de ahí cuando todos iban a la izquierda yo a la derecha ellos daban una palmada, la mía resonaba dos segundos mas tarde. En fin, mareada como un pato y sudando como un pollo y sin nadie solidario que se perdiera conmigo, el profesor giraba y pegaba saltos mientras todo el mundo le seguía sincronizado y yo no sabía dónde mirar. Incluso mujeres de cincuenta parecían sacadas del casting de Upa Dance. Para variar me dio la risa, porque cada vez que el saltaba en mi cabeza sonaba la musica de flashdance “What a feeling…” Mis compañeras cincuentonas cascarrabias y con poco sentido del humor, aún me miran mal y eso que ya le voy pillando el truco.

Tras ese día de aerobic, vinieron el step, aerostep, gluteostep, estiramientos, sesiones de abdominales, más spinning, y body bump menos la sauna que me agobia, las duchas de chorro y las artes marciales, lo he probado todo.

Como conclusión saco que los nombres son muy chulos pero únicamente consisten en distintas maneras de destrozarte el cuerpo con música a toda pastilla.

Resultados: He vuelto a la talla 38 y a elegir lo que me apetece ponerme por las mañanas como un reto personal con una frase que resuena en mi mente mientras descuelgo la percha: ¿entraré o no entraré?. Más que una pregunta es una súplica lo sé, pero aún no hay nada que no me haya entrado así que sonrío durante todo el día hasta a hora de ir al gimnasio que en mi cara se refleja la desesperación ante el trance y la aventura que correré.

Los impedimentos han sido muchos y muy variados en mis comienzos ya que soñaba con mi sofá, mi tele, mi música y mi cama pero ante todo, la mayor traba que encontré fue una chica del gimnasio.

Era el tercer día, me presenté a una clase de body bump (por si no lo sabes pesas con música). Allí había una chica esperando a comenzar y le pregunté qué tenía que coger.

- ¿Es tu primer día?

Como ves la chica era muy aguda.

- Sí (no quise decir mis pensamientos en voz alta) ¿tú cuanto tiempo llevas viniendo?

- Yo dos años.

En ese mismo instante decidí que lo más sensato era abandonar el gimnasio. Si ella con dos años tenía ese cuerpo, era el momento de huir como Caroline en Polstergeist. Quería correr hacía la luz del sol pero como me dolían las piernas del spinning y el aerobic me quedé sentada mirándola sin dar crédito. No es que estuviera gorda pero tenia un michelín que rodeaba su cintura a modo de donut y los brazos estaban colganderos las piernas fofas y el culo caído.

Decidí que era mejor pensar que una de dos, o su cuerpo no reunía las condiciones básicas para modelarse con el transcurso de los años de gimnasio (algo casi imposible, mira Rosa como mejoro en OT) o era una mentirosa patológica. Puedes estar apuntada al gimnasio dos años y no ir nunca. Escogí esta última opción y le di una oportunidad a mi cuerpo. Pese a que no he cambiado de atuendo la gente ya no me mira tan raro.

Si has decidido apuntarte al gimnasio me alegro y sino espero que al menos con mi sufrimiento y mis humillaciones, te hayas reído. Nadia Comaneci se despide hasta el próximo número y te recuerda que la talla cuesta y la vas a pagar con sudor. Felices fiestas a todas.

Lorena Gil

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A Dios pongo por testigo

23 noviembre 2008 - Author: Lorena Gil

Tras hacer caso a Urban Woman y recomendarme la vuelta al gimnasio, ni corta ni perezosa, decidí seguir su consejo y después del primer día puedo decir que he vivido una experiencia maravillosa que no volveré a repetir mientras me quede un hálito de vida y créeme si te digo que ese día casi pierdo hasta el hálito. (más…)

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