
Son varias las personas que conozco que me han llamado para decirme cuánto se han reído con el artículo del número pasado de Urban Woman en el que contaba mis peripecias de mi primer día en el gimnasio. Pese a que no me parece buena idea que la gente se ría del dolor ajeno, y digo dolor porque el spinning fue creado por Belcebú, no quiero que nadie se haga una idea equivocada y piense que el deporte no es sano. Lo es, sólo que no está hecho para mí.
Una amiga me llamó y me dijo que iba a empezar el gimnasio pero que tras leer el artículo no iba a elegir la bicicleta de Satán y le comenté que era injusto que la apartara de su vida porque a lo mejor a ella le encantaba y porque no está bien que yo sufra sola.
Por este motivo, aunque para este número pensaba escribir sobre un tema totalmente diferente, he decidido que no lo voy a poner fácil. No me vale que me digan que ya no lo prueban por lo que han leído. Yo he probado todo en el gimnasio y aquí va mi experiencia descarnada. Aunque te puedas reír de mí y de mi inmenso sufrimiento al menos quiero que tengas el valor de probarlo.
Cuando llegué a mi casa tras mi experiencia con el spinning y haber hablado con mi hermano que me dijo que no iba a morir, algo mas tranquila pero ofendida a más no poder por mi propia ignorancia y por haber abandonado mi cuerpo a su suerte durante tantos años, no me moví del sofá en tres horas. Dejo a tu imaginación las agujetas que sufrí. Pese a ello y con más moral que el alcoyano retomé las clases al día siguiente. Si el spinning era divertido por las luces, el aerobic también tiene su aquel.
Presta y recta como un clavito aunque solo tenía ganas de morirme, me dirigí a mi clase de aerobic. He de admitir, pese a que Manuela Laguna la directora de esta revista me pegue un tirón de orejas, que yo el glamour lo pierdo en el gimnasio. Lo siento pero a menos que tenga el cuerpo de Angelina Jolie, yo me niego a ponerme mallas ajustadas y top “te enseño el ombligo porque tengo los abdominales de una diosa”. Pantalones anchos, camiseta por debajo de las caderas, coleta alta y zapatillas de deporte es mi atuendo habitual.
Lo que no pensaba es que la gente podía ser tan elitista. Creí que al gimnasio se iba a sudar no a pasar moda pero me di cuenta de mi error cuando entre en clase. El día anterior no lo noté porque llegué tarde y las luces apagadas más la bicicleta disimula tu ropa, pero allí a todas luces no había escapatoria. Fue la primera vez que entendí como se tenía que sentir Betty la Fea.
Con la cabeza alta y la mirada desafiante, porque ante todo dignidad, yo no podía sospechar que lo de la ropa iba a ser el menor de mis problemas.
Comencé la clase y los primeros seis pasos los seguí, a partir de ahí cuando todos iban a la izquierda yo a la derecha ellos daban una palmada, la mía resonaba dos segundos mas tarde. En fin, mareada como un pato y sudando como un pollo y sin nadie solidario que se perdiera conmigo, el profesor giraba y pegaba saltos mientras todo el mundo le seguía sincronizado y yo no sabía dónde mirar. Incluso mujeres de cincuenta parecían sacadas del casting de Upa Dance. Para variar me dio la risa, porque cada vez que el saltaba en mi cabeza sonaba la musica de flashdance “What a feeling…” Mis compañeras cincuentonas cascarrabias y con poco sentido del humor, aún me miran mal y eso que ya le voy pillando el truco.
Tras ese día de aerobic, vinieron el step, aerostep, gluteostep, estiramientos, sesiones de abdominales, más spinning, y body bump menos la sauna que me agobia, las duchas de chorro y las artes marciales, lo he probado todo.
Como conclusión saco que los nombres son muy chulos pero únicamente consisten en distintas maneras de destrozarte el cuerpo con música a toda pastilla.
Resultados: He vuelto a la talla 38 y a elegir lo que me apetece ponerme por las mañanas como un reto personal con una frase que resuena en mi mente mientras descuelgo la percha: ¿entraré o no entraré?. Más que una pregunta es una súplica lo sé, pero aún no hay nada que no me haya entrado así que sonrío durante todo el día hasta a hora de ir al gimnasio que en mi cara se refleja la desesperación ante el trance y la aventura que correré.
Los impedimentos han sido muchos y muy variados en mis comienzos ya que soñaba con mi sofá, mi tele, mi música y mi cama pero ante todo, la mayor traba que encontré fue una chica del gimnasio.
Era el tercer día, me presenté a una clase de body bump (por si no lo sabes pesas con música). Allí había una chica esperando a comenzar y le pregunté qué tenía que coger.
- ¿Es tu primer día?
Como ves la chica era muy aguda.
- Sí (no quise decir mis pensamientos en voz alta) ¿tú cuanto tiempo llevas viniendo?
- Yo dos años.
En ese mismo instante decidí que lo más sensato era abandonar el gimnasio. Si ella con dos años tenía ese cuerpo, era el momento de huir como Caroline en Polstergeist. Quería correr hacía la luz del sol pero como me dolían las piernas del spinning y el aerobic me quedé sentada mirándola sin dar crédito. No es que estuviera gorda pero tenia un michelín que rodeaba su cintura a modo de donut y los brazos estaban colganderos las piernas fofas y el culo caído.
Decidí que era mejor pensar que una de dos, o su cuerpo no reunía las condiciones básicas para modelarse con el transcurso de los años de gimnasio (algo casi imposible, mira Rosa como mejoro en OT) o era una mentirosa patológica. Puedes estar apuntada al gimnasio dos años y no ir nunca. Escogí esta última opción y le di una oportunidad a mi cuerpo. Pese a que no he cambiado de atuendo la gente ya no me mira tan raro.
Si has decidido apuntarte al gimnasio me alegro y sino espero que al menos con mi sufrimiento y mis humillaciones, te hayas reído. Nadia Comaneci se despide hasta el próximo número y te recuerda que la talla cuesta y la vas a pagar con sudor. Felices fiestas a todas.
Lorena Gil